Ago 26 2008

Economía Sentimental (por Juan Llach - LN.com)

Foto Alberto Sabat

Foto Alberto Sabat

Cuesta encontrar las teclas y construir el discurso. La razón nos muestra una economía con problemas importantes y técnicamente manejables, pero al mismo tiempo dominada por emociones y sentimientos, razones del corazón que la razón nunca entiende. Temor, angustia, desconfianza, rabia, tristeza, tales las “razones” que hoy mueven o frenan decisiones.

Es una economía sentimental, variopinta según las geografías sociales, que atraviesa los partidos y que los encuestadores podrían tomar en cuenta, ya que es un dato más significativo que los que se pueden extraer buceando en las volátiles imágenes de políticos y gobernantes.

Están, por un lado, los pocos, pero poderosos, que se comportan según la “política de lo peor” ( politique du pire ). A juzgar por sus obras, sobre todo desde el conflicto con el campo y con el interior, el Gobierno se muestra como si lo que más le importara fuera no ceder, sin reparar en costos. Actitud emocional, porque es para casi todos evidente que así profundiza su deterioro.

También hay políticos “de lo peor” fuera del Gobierno, y desde allí profetizan un Rodrigazo o un default “inevitables”. Los asiste nuestro pasado, que, lamentablemente, muestra desde 1975 una crisis violenta cada cinco o seis años. Pero la historia no siempre se repite.

El Gobierno haría bien en registrar que la enorme mayoría no conspira ni le desea un mal final. Los optimistas inveterados, por caso, estamos convencidos de que todavía hay márgenes para que una buena política económica evite una crisis seria y también creemos, o queremos creer, que la razón doblegará finalmente a los sentimientos y que el Gobierno se reconciliará, al fin, con la realidad. Pero tenemos temores parecidos.

Los empresarios militan aquí, en su mayoría. Han tenido buenas ganancias en los últimos años, y quieren seguir teniéndolas, pero dudan a la hora de invertir.

Desde la votación en el Senado se pueden encontrar signos positivos, pero en clave minimalista. Las conferencias de prensa de la Presidenta, algunos ajustes de tarifas, la primera reunión que se conoce del equipo económico, la propia, aunque obvia, aceptación de la decisión del Senado…

Hasta aquí, los protagonistas del ágora. ¿Qué ocurre en sus fronteras y más allá, en la periferia, a cuyos habitantes se proclama que se busca proteger? En los bordes habitan más de la mitad de los argentinos, en mayoría silenciosa posmoderna. Algunos de los más viejos creyeron en su momento en utopías como las que todavía blande el último presidente desde las plazas. Pero vieron correr demasiada sangre y comparten, ahora, los proyectos de los jóvenes, más módicos, más individuales, abrazados al deseo de equidad en paz y prosperidad.

Ellos son los que desde la crucial elección de Misiones, a fines de 2006, han votado sistemática y crecientemente a la oposición y los que más activamente participaron en el conflicto del campo. Ahora están dominados por la rabia, la incertidumbre o el temor

¿Qué decir, en fin, de los habitantes de los confines, los desheredados, los que más sufren la inflación y los barquinazos de la economía? A ellos los domina la angustia y la desesperanza. Les resulta día tras día más difícil llegar a fin de mes, y algunos empiezan a ver peligrar sus empleos. Están acostumbrados, diría el cínico. Pero eso no disminuye su dolor.

Todo esto ocurre en momentos en que el viento ha virado y se ha puesto de proa. Sin llegar todavía a ser recesión plena, la desaceleración de Estados Unidos se ha extendido a Europa, y ahora también a Asia. La actividad económica en Japón cayó fuerte en el segundo trimestre y las bolsas de China e India acumulan bajas del 60 y el 40%, respectivamente, cierto es que desde valores muy altos.

Las causas de la caída de un 25% de los precios de las commodities han sido el agotamiento natural de la especulación y la revalorización del dólar. Seguirán fluctuando como bandera al viento, y aunque lo más probable es que los precios de nuestras exportaciones sigan siendo buenos durante bastante tiempo, difícilmente vuelvan a los niveles vistos en la primera mitad del año.

Pero más que el mundo, ha sido la impericia del puente de mando la que disparó de nuevo el riesgo país y derrumbó la Bolsa. Por la resistencia a devolverle al Indec una credibilidad laboriosamente ganada y brutalmente destruida, y por el sainete de los bonos vendidos a Venezuela. Aparecen, aun así, oportunidades. Una es la caída del precio del petróleo. Esto permitiría reducir los subsidios, que amenazan seriamente la clave de la recuperación hasta aquí: la solvencia fiscal. La otra es la inflación, todavía muy alta, pero con signos de desaceleración, por el insólito enfriamiento político de la economía, la nueva política monetaria y la caída de las commodities .

Contra lo que suele pensarse, el papel de las emociones y de los sentimientos no ha sido ajeno a la economía, y a veces está en su corazón. Así fue registrado por algunos de sus padres fundadores. Adam Smith le dedicó un libro, La teoría de los sentimientos morales , y allí puso a la simpatía como cemento del tejido social. David Ricardo escribió que lamentaría ver debilitados los sentimientos que llevaban a los capitalistas británicos a no mover su capital al extranjero. Pero fue Keynes quien mayor importancia concedió a emociones y sentimientos como condicionantes de los comportamientos económicos. El veía que la rentabilidad del capital dependía mucho de “la indigerible y desobediente psicología del mundo de los negocios” y que la confianza era poco susceptible de control. Por ello pensaba que la prosperidad económica dependía excesivamente de un ambiente político y social agradable al típico hombre de negocios. Decía que si el temor a un gobierno laborista o al New Deal deprimía a la empresa, esto no tenía que ser necesariamente resultado de un cálculo razonable o de una conspiración con finalidades políticas, sino que sería “simple consecuencia de trastornar el delicado equilibrio del optimismo espontáneo”.

Trasladado a nuestros días, diríamos que una economía sólida no puede reconstruirse sobre la base de la arrogancia, la oposición de los pesimistas, el cansancio de los optimistas, la incertidumbre y el temor de la mayoría y la renovada angustia de los excluidos. Nadie pide un mea culpa ni una rectificación integral. Se trata sólo de respetar las estadísticas, recomponer la solvencia fiscal, atacar en serio la inflación y anunciar un plan financiero creíble. Para ello urge que el Gobierno, quizás usando la razón compasiva, restaure la confianza reconciliándose con la realidad -como lo hacen todas las socialdemocracias contemporáneas- y, por qué no, restablezca un clima de diálogo social, como lo hicieron países como Chile, España o Irlanda para salir de situaciones difíciles como las que nos toca vivir hoy.

El autor es economista, sociólogo y profesor universitario.